Ahora que todo era políticamente correcto
se aburría hasta el hartazgo, entraba en los bares,
bebía solo, insultaba con gracia
a los camareros
y estos les respondían con cachondas
y aguda paradojas.
Ahora que todo era políticamente correcto
detectaba mejor la hipocresía diAria
(empezando, como no, por la suya),
la que se filtra en el café con dos de sacarina,
la que engorda el precio de la expresión exterior
para así, garantizar que las normas
se descumplan con propiedad desvinculada.
Ahora que todo lo inundaba lo políticamente correcto
silababa a las gatas cuando había luna llena,
se reía absolutamente de todo
empezando por si mismo,
practicaba el movimiento más libre y amoroso
sin salirse nunca de sus casillas.
Dani T. D. 27/4/2026
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