Esta frase, desde que la leí, me acompaña allá a dónde voy. Porque en mi también hay otro (u otros). Otro que también soy completamente yo. Yo, que a en ocasiones también es un completo desconocido.
El otro que vive dentro de mi, me da conversación. Me hace toda clase de observaciones y preguntas que a menudo ignoro por completo las respuestas.
Hay días que ese otro yo es un genial interlocutor. Pero otras veces es un completo hijo de puta (para decirlo finamente) que me hace la puñeta. Que solo piensa en lo peor, en lo negativo. En ocasiones me ha llegado a convencer y he tirado la toalla, quedándome en casa, sin poder secarme después de una ducha de reproches y viendo videos de Yotubers de dudosa reputación, mientras no paraba de beber jarabe de Autocompasión, con dos de hielo.
Pero uno siempre acaba, para bien y para mal, resucitando cada día. Reinventándose en su yoes, que a menudo son más de dos. Eso me lo enseñó el poeta Fernando Pessoa, que de vez en cuando se pasa por casa a tomar unas cervezas mientras leemos en voz alta a Baudelaire, a Borges, a Benjamín Prado o a Bukowski, entre otros.
Ya sé que no viene al caso (o sí), pero eso me lleva a la Inteligencia Artificial, esa revolución que nos amenaza para bien o/y para mal. Pero la inteligencia artificial ya venia de serie cuando el ser humano empezó a pensar y hablar consigo mismo. De hecho pensar y hablar se parecen mucho. No se puede hablar sin pensar (aunque, cada vez más, estamos rodeados de casos que demuestran todo lo contrario). Y necesitamos (o deberíamos necesitar) expresar nuestras ocurrencias, preocupaciones y demás historias, para saber realmente qué pensamos realmente, sin ayudas virtuales.
Y ahora os tengo que dejar, uno de mis yoes me reclama. Hemos quedado en ir a comer a casa de Álvaro de Campos.
Hasta pronto.
Dani T. D. 27/6/2026
.jpg)