Aquella noche del viernes no quedé contigo. Ni viniste con ese vestido que tanto me gusta como te queda. No te traje aquel libro que no te compré y no me vestí para la ocasión.No es que la pereza o el miedo me lo impidieran, muy al contrario. Y es que a veces llega el momento en que no hace falta que ocurra nada de lo que se espera, para que pase de alguna manera u otra. En el fondo, la inmediata realidad es mera ilusión óptica.
Tampoco cenamos en aquel restaurante que tanto nos gusta, ni reíste mis idiotas ocurrencias. Tampoco bebimos más de la cuenta, ni me pusiste la mano ahí, como no queriendo. Al acabar los postres, tampoco me hiciste una señal para que te acompañará a tu casa. Por el camino no nos besamos. Al final no acabamos desnudos y fusionados en un solo latido y un pelín borrachos en tu cama. Más tarde, ya avanzada la madrugada, hablamos entre susurros de la decadencia de este mundo, también citamos versos de Cernuda, Bukowky y Tom Waits. No seria la primera vez. Y no sería ninguna otra vez, o tal vez... No nos prometimos nada, porque al fin y al caba no nada que prometer.
Hoy recuerdo esa no cita contigo, y me sonrojo. Por cierto, no me acuerdo de tu nombre, ni tu del mío.
Y eso que nos intercambiamos los no números de móbil.
Y es que la vida puede llegar a ser maravillosamente perfecta.
Dani T. D. 1/4/2024